Se ha notificado un uso clandestino elevado de
anticonceptivos (uso sin que el compañero lo sepa) en zonas donde la
planificación familiar todavía no se ha generalizado, por ejemplo en África
al Sur del Sahara. Sin embargo, puede ser difícil obtener datos
cuantitativos acerca de esta delicada cuestión. En dos estudios — uno
realizado en la zona urbana de Malí y otro en la zona urbana de Zambia
— el uso de métodos de investigación cualitativa reveló la razón por
la cual un subconjunto pequeño de usuarias de anticonceptivos decidieron
mantener secreto el uso de su método para que no lo supieran sus compañeros.
Esta práctica tiene consecuencias programáticas: aunque algunos
servicios de planificación familiar se centran en las «parejas» como
clientes, la prestación de servicios individuales y confidenciales para
las mujeres sigue desempeñando una función importante.
En muchos lugares del mundo, los programas de
planificación familiar están cambiando su enfoque para aumentar la
participación y la responsabilidad de los hombres en las decisiones de
planificación familiar. Pero en algunos casos, especialmente cuando las
preferencias de procreación del esposo y la esposa difieren, y cuando la
influencia de la esposa en la toma de decisiones es limitada, las ventajas
de ocultar el uso para que el hombre no se entere pueden superar las
desventajas. El uso clandestino puede ser más ventajoso para la salud de
algunas mujeres y sus hijos, y puede permitir a algunas mujeres aumentar
su independencia y autonomía financieras.
En el estudio de Malí, que efectuaron en Bamako
entre 1996 y 1998 el Centre d’Etudes et de Recherche sur la Population
pour le Développement y el Proyecto de Estudios de la Mujer de FHI, se
entrevistó a 55 mujeres casadas de 18 a 43 años de edad, que estaban
usando anticonceptivos por primera vez, acerca del uso poco después de la
primera consulta en una clínica. Cuarenta y una de las mujeres fueron
entrevistadas de nuevo nueve meses después, y 33 por tercera vez al cabo
de 18 meses.1 El estudio de Zambia, que llevaron a cabo en el
distrito de Ndola el Centro de Investigación de Enfermedades Tropicales
con sede en Ndola y el Population Council con sede en Nueva York, obtuvo
datos cualitativos de seis charlas de grupos focales (tres con mujeres
casadas y tres con hombres casados) en 1996 para que sirvieran de guía
para el diseño de una encuesta. Luego se encuestó a más de 1.600
mujeres de 15 a 44 años de edad (y a los esposos de aproximadamente la
mitad de las mujeres).2 Los análisis de la mayoría de los
datos de ambos estudios se limitaron a las mujeres que usaban la
anticoncepción porque deseaban posponer el siguiente nacimiento o querían
dejar de tener hijos definitivamente.
Se ha calculado que el uso clandestino en África
al Sur del Sahara se sitúa entre 6 y 20 por ciento.3 En el
estudio de Malí, 17 (31 por ciento) de 55 mujeres notificaron
inicialmente que estaban usando anticonceptivos sin que lo supiera el
esposo, aunque dos de ellas posteriormente lo informaron al respecto. En
Zambia, 53 (7 por ciento) de 765 mujeres encuestadas notificaron uso
clandestino.
El apoyo económico, social y de salud inadecuado
por parte del esposo — especialmente cuando el bienestar de los hijos
estaba en juego — fue la razón que se citó con frecuencia para
justificar el uso clandestino. «Una simplemente observa lo que está
ocurriendo en el hogar; si no hay apoyo, una empieza a tomarse la píldora
en secreto», dijo una mujer en una charla de grupo de enfoque en Zambia.
Según datos cualitativos de ambos estudios, muchas usuarias clandestinas
también creían que el esposo no iba a aprobar el uso de anticonceptivos.
Algunas mujeres de Malí, por ejemplo, preveían la falta de aprobación
porque pensaban que el esposo deseaba tener el mayor número de hijos
posible, creía que la planificación familiar iba en contra de la religión
o temía que la anticoncepción iba a hacer que la esposa se volviera
promiscua, se enfermara o quedara estéril.
Aunque más de la mitad de las usuarias
clandestinas de Malí habían hablado acerca de la anticoncepción con el
esposo y sabían que ellos no la aprobaban, ambos estudios revelaron que a
muchas esposas se les dificulta abordar al esposo para hablar de este tema.
El estudio de Zambia demostró que éste es el factor determinante más
fuerte del uso clandestino. «Realmente me gustaría que él supiera que
yo la uso, y que los dos estuviéramos de acuerdo con ello; eso es lo que
quiero, pero no he logrado hacerlo», dijo una mujer de Malí que usaba un
inyectable anticonceptivo clandestinamente.
Ambos estudios revelaron que las mujeres temían
que si el esposo se enteraba de que estaban usando la anticoncepción,
ello podría resultar en altercados, e incluso en divorcio. Los
inyectables, que no vienen en paquetes ni con instrucciones escritas que
puedan despertar sospecha en el esposo, eran unos de los métodos
anticonceptivos más comunes entra las usuarias clandestinas. Sin embargo,
no todas las usuarias estaban preparadas para los efectos secundarios
menstruales que experimentaban, y algunas temían que su esposo detectara
efectos secundarios como sangrado prolongado, manchado o amenorrea.
Los dos estudios proporcionan las siguientes
recomendaciones para el diseño y la ejecución de programas de
planificación familiar en dichos entornos:
-
Para aumentar los niveles de aceptación de los
anticonceptivos, los proveedores de servicios deben seguir informando
a los hombres acerca de la planificación familiar, y — si es
apropiado — los líderes religiosos locales deben tranquilizar a los
hombres y a las mujeres informándoles que su religión no prohibe la
planificación familiar.
-
Cuando los esfuerzos para aumentar la aceptación
de la anticoncepción por parte de los hombres no dan resultado, los
proveedores deben garantizar confidencialidad plena a las usuarias de
anticonceptivos.
-
Los servicios de salud maternoinfantil podrían
integrarse con servicios de planificación familiar para ayudar a las
mujeres a tener acceso a los servicios sin despertar sospecha. Además,
debe ofrecerse una variedad de métodos para ayudar a las mujeres a
reducir a un mínimo los efectos secundarios no deseados y los costos.
— Kerry L. Wright
Referencias
- Castle S, Konate MK, Ulin PR, et al. A qualitative
study of clandestine contraceptive use in urban Mali. Stud Fam
Plann 1999;30(3):231-48.
- Biddlecom AE, Fapohunda BM. Covert contraceptive use:
prevalence, motivations, and consequences. Stud Fam Plann
1998;29(4): 360-72.
- Blanc AK, Wolff B, Gage AJ, et al. Negotiating
Reproductive Outcomes in Uganda. Calverton, MD: Macro
International Inc. and Institute of Statistics and Applied Economics
[Uganda], 1996; Rutenberg N, Watkins SC. The buzz outside the clinics:
conversations and contraception in Nyanza province, Kenya. Stud Fam
Plann 1997;28(4):290-307; Watkins SC, Rutenberg N, Wilkinson D.
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Clarendon Press, 1997.